Este artículo apareció anteriormente en la primera etapa de PSN
Aquí donde me veis, con mi cara de niño bueno, servidor se ha ganado cierta fama como matajugadores. El motivo, sobra decir que totalmente injustificado, fueron ciertas masacres que cometí en mi infancia rolera. Todavía ostento el récord de haber matado a trece personajes en una sesión de juego. ¿Juego con grupos de trece personas? No, no. Lo que sucede es que, a medida que los personajes fallecían, sus jugadores volvían a crear nuevas fichas. Se dio el caso de un jugador que llegó tarde y se encontró no solo con que su personaje estaba muerto, sino con que su sustituto también lo estaba.
En realidad, no me siento demasiado culpable de aquella partida, ya que mi único error fue llevar a los malos, unos cuantos Hongos de Yuggoth, con inteligencia. Es decir, si los malos tienen lanzarayos con un alcance superior al de las armas de los buenos… ¿Qué mejor idea que volar fuera de su alcance en alegre cacería?
Si a todo esto le añadimos alguna masacre más y las muertes habituales de cualquier máster, se entiende mi triste fama.
Por otra parte, debo ser uno de los jugadores con menos muertes por sesión. Al ser el veterano, el dinosaurio viviente (¡no en edad, no en edad!) que ha iniciado a casi todos los jugadores de mi grupo, resulta que el personal me tiene cierto respeto. En el momento definitivo, cuando Elric Dragonslayer está entre la espada y la pared, o entre el dragón y la pared, el dragón resulta ser un rajado y se limita a hacer arañazos ridículos. Y, claro, solo es cuestión de tiempo que mis fieros golpes o mi gran inteligencia resuelvan la situación para mayor gloria y fama. El pobre Elric ha saqueado tantas guaridas que, para afeitarse, utiliza una daga +1.
Enlazo una cosa con otra. Si yo fuese mi propio máster y, cada vez que digo «Amanece, día siguiente», diese la vara recordando que me afeito con mi daga +1, que apura hasta el último rincón de la barba, puedo asegurar que buscaría un gran final para la daga y para el cuello del barbudo.
Si los personajes no se mueren, si llegado el gran momento R’lyeh asciende, aparece Caín y los jugadores derrotan a Sauron sin tan siquiera una muerte (y el pardillo del grupo no cuenta), la cosa pasa de ser épica a ser una mierda, con perdón. Los jugadores han de sentir la muerte; han de ponerse realmente nerviosos ante la posibilidad de palmarla en ese agujero infecto, lleno de ratas y ogros. De lo contrario, acabarán haciendo barbaridades, como matar a Cthulhu con un cañón de artillería, hasta que venza el aburrimiento.
Jugar a rol no es solo tirar dados para ver quién vence; pero, si ya sabes que, pase lo que pase, ese terrible dragón va a ser una muesca más en tu espada, la emoción desciende en picado.
Olvidaos de esos mitos que corren por ahí: a los jugadores les encanta que les maten los personajes, y no dejan de jugar contigo por eso. Si Toni le tiene tanto cariño a su Gran Pyros Magíster es porque sabe cómo me las gasto y ha salido huyendo en varias ocasiones, dejando a todo el mundo en la estacada y siendo el único superviviente de la aventura. Sí, es un mago pobre, pero un mago vivo (de momento).
Prepara una gran masacre en tu partida y mátalos a todos. A todos. Que no quede ni uno. Y no solo eso: muertos de verdad, definitivamente. Luego, déjales un par de sesiones tranquilas y, cuando el final sea realmente épico, no los salves. Que muerdan el polvo los que siempre van delante y se salven los que utilizan la inteligencia. Si haces esto y te limitas a castigar las tonterías, notarás que tus jugadores se emocionan más con tus partidas.
Palabrita de máster.
El Gran Pyros Magíster falleció dungeoneramente explorando los túmulos de Aliath un mes después de escribir el presente artículo. DEP.

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